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Veinte años sin Torcuato Enrique Pascual, piloto, copiloto y preparador de autos. Genio y talentoso en lo suyo, que alcanzó a tener el mismo protagonismo de su famoso hermano Dante, el que manejaba. Juntos consiguieron cuatro campeonatos consecutivos de TC.

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Sus gafas oscuras y sus ojos pequeños, fijos y penetrantes, desde hace veinte años son un recuerdo. El domingo 14 de febrero de 1999, a los 86 años, Torcuato Enrique Pascual Emiliozzi, piloto, copiloto y preparador de autos dejó esta tierra para encontrarse con su hermano y su eterno compañero Dante, quien se había ido antes, el 24 de enero de 1989.

Un gran recuerdo, en verdad, de una persona única, inimitable y visionaria. Alguien que llegó a la estatura de genio. Juntos, Dante y Tito, hicieron historia en el TC. Con la recordada Galera de Olavarría ganaron cuatro campeonatos consecutivos, de 1962 a 1965.

Torcuato incursionó en el tenis y en el ciclismo, pero fue en el automovilismo donde brilló con su propia luz. Pero nunca solo, siempre junto con Dante, su hermano menor y confidente. A los 20 años se largó a correr en Fuerza Limitada con un Ford A.

Después llegó la Segunda Guerra Mundial y cuando se acallaron los gritos, el mayor de los Emiliozzi vendió su coche. Compró una cupé Ford y comenzó a trabajar sobre ella. Empezaba a forjarse el gran mecánico capaz de sacarle potencia hasta lo inimaginable a un auto en principio igual a los otros.

Por eso La Galera llegó a ser una leyenda que viajaba a más de 200 km/h. Desde que apareció el 23 de abril de 1950 en la Mar y Sierras, los hermanos se turnaron en la conducción. Pero al año siguiente Torcuato supo que lo suyo era acompañar a Dante y vigilar el rendimiento del Ford.

El histórico taller de la calle Necochea, casi siempre lleno de curiosos, fue el escenario en el que Tito se movió pacientemente. Con bajo perfil y las puertas abiertas para quien quisiera ver cómo se armaban los éxitos cada domingo, Torcuato sabía que en sus manos radicaba buena parte de los triunfos cuando se ponía a trabajar en el torno.

Elaboró tres motores: el más famoso diseñado con dos árboles de levas y válvulas a la cabeza; luego dio paso al modelo 1946 denominado 59 AB y al potente F-100. Así, la trilogía Dante - Torcuato - La Galera llegó a ser amplia dominadora del 62 al 65.

Cualquier cambio sugerido por Tito funcionaba. Si hasta sabía en qué momento cambiar el color del auto: cuando lo pintaron de rojo, ganaron en Chacabuco; estrenaron el blanco y negro y vencieron en el Gran Premio de 1953 y, ya con la publicidad de ATMA, se llevaron el primer puesto en Santa Fe, en 1964, el primer día que la Galera apareció pintada de azul y rojo.

Tito, por su condición de mecánico, siempre tuvo protagonismo aunque no lo buscara. Para el país ganaban o perdían "los Emiliozzi".

A los 53 años tuvo un aviso de su corazón. El famoso René Favaloro le hizo un by pass que significó su longeva existencia. Fue en ese momento cuando se bajó de la Galera. Octavio Sabattini ocupó su lugar.

Hombre bueno en definitiva, con sus últimos ahorros se dedicó a pagar hasta lo que no le correspondía, al decir de sus amigos de siempre.

Padre de dos hijas y abuelo consagrado a sus nietos, tampoco descuidó su pasión de siempre y estuvo presto para tender una mano siempre que José María Romero, el último vencedor en el TC de la saga olavarriense, lo necesitara.

El hecho más significativo para Tito en los últimos años fue la recuperación de la famosa Galera que el intendente Helios Eseverri adquirió por cuenta del Municipio. Así, el auto de los grandes triunfos pasó a ser parte del patrimonio olavarriense.

La Galera es nuestra. En la temporada 1998, las autoridades del Automóvil Moto Club Olavarría (es socio fundador) le brindaron un gran homenaje al ponerle el nombre "Hermanos Emiliozzi" al circuito mayor del Autódromo Sudamericano. Hoy definitivamente el apellido pertenece al autódromo.

Aquel domingo, con Oscar Castellano al volante, giró para ofrecer su débil corazón a las más de 30 mil almas que estaban detrás del alambrado. El delirio de los hinchas se repitió el día en que la Galera, con el ronco e inconfundible sonido del motor Ford V8, lo acompañó hasta la morada final. Era el último homenaje que quiso ofrecerle la cupecita a su constructor.

 

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