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Hace 20 años, en el semipermanente de Lobos, Roberto Mouras pasó a la inmortalidad.

Javier Torres
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El 22 de noviembre de 1992, en el circuito semipermanente de Lobos, Roberto José Mouras ganó post mórtem su carrera Nº 50 luego de chocar su Chevrolet contra un talud de tierra que apagaría la vida de este gran ídolo del automovilismo argentino y se llevaría también a su acompañante Amadeo Pastor González tres días después.

Aquel domingo el "Chueco" José María Romero llevaba siete años dentro de Turismo Carretera midiéndose con rivales como Oscar Castellano, Oscar Aventin, Juan De Benedictis, Osvaldo Morresi y, por supuesto, el propio Toro de Carlos Casares.

Hoy, hace 20 años, Romero y Mouras habían largado en primera fila la penúltima fecha de la temporada. El Chevrolet con el Nº 9 en sus laterales y la trompa pintada de Plasticor era el líder por apenas milésimas sobre el Chueco de Olavarría y su Dodge, que también se reconocía fácilmente por contar con la misma publicidad que Mouras en su trompa.

Recorrieron juntos un kilómetro y medio de la ruta 205 hasta llegar al fatídico cambio de mano. Romero lo cuenta en primera persona: "Tenía un auto muy competitivo para pelear por la punta, pero Roberto también porque quería ganar el campeonato en Buenos Aires".

"En mi caso quería ganar porque si lo hacía también derrotaba a Mouras y entonces era doble el mérito. Ya había visto a Roberto realizar una frenada brusca para que la Chevy se deslizara. Dos vueltas después, en la veloz recta de la ruta 205 estalló el neumático delantero izquierdo y su auto salió despedido contra un montículo de tierra".

El Chueco entendió que se trataba de un despiste, ignorando el desenlace mortal. "A la otra vuelta me encontré con el público que había invadido el lugar, gritando con desesperación, y unos metros más adelante la bandera roja para detener la carrera".

Luego sostuvo que "al llegar a boxes los mecánicos de Roberto me preguntaron qué había sucedido y mi respuesta era que se había golpeado, nada más. Como la carrera estaba neutralizada, decidí ir para el sector de la largada y dejar ahí la Dodge. Todos los pilotos nos sorprendimos cuando llegó en sentido opuesto a la carrera el colorado Zubeldía, un banderillero de la ACTC, que trajo la noticia de la muerte de Roberto".

"No lo podía creer. Empecé a llorar y se me aflojaron las piernas. Me tocó muy profundo porque en siete años de carrera nunca había pasado por semejante situación. El respeto por Mouras era increíble. El predio de Lobos quedó en silencio".

Romero rememora que cinco años después del trágico accidente se entera que el propio Mouras había solicitado colocar el talud de tierra en dicho lugar. "Roberto era el encargado de la verificación de los semipermanentes. A ese sector lo tenía como punto de referencia".

El último ídolo del Turismo Carretera de Olavarría siempre confesó que su ideal de piloto era Roberto Mouras. Vaya paradoja del destino: su ingreso a La Máxima ocurrió con la Dodge que perteneció al casarense después de la salida de Eduardo Martínez del COC y hoy, 20 años después, sus pupilas vuelven a humedecerse por lo sucedió en aquel desenlace inesperado.

"El día de mi debut en Buenos Aires, Roberto se sentó a mi lado para contarme algunos secretos del autódromo porteño y me enseñó a bajar de cuarta a segunda velocidad. Siempre lo admiré, lo copiaba en todo, entonces pelear palmo a palmo en la carrera de Lobos era un orgullo", dice en su encuentro con EL POPULAR Medios.

El Chueco lo definió a Mouras como una "persona cohibida" y ese domingo en Lobos quiso acercársele para hablar por el tema del campeonato, pero no pudo porque estaba muy concentrado en lo suyo.

"El mayor trato lo tuvimos desde la parte comercial, cuando venía a Olavarría porque compartíamos la publicidad de Plasticor en la trompa y la del Banco Olavarría. Era un tipo simple, respetuoso y adorado en su ciudad. Una persona que realizaba mucha beneficencia en silencio, a Bomberos, jardines de infantes, escuelas y al pueblo. Perdimos a un grande. En una visita a Carlos Casares su madre me dijo que Roberto ya tenía el destino marcado: morir arriba de un auto de carreras para seguir siendo más grande todavía", resumió.

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